La mar salada
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El crimen perfecto

— Deje que lo entienda bien, señora Christie. Usted insiste en que no recuerda nada de lo sucedido.

El inspector observó a la mujer darle vueltas a la pregunta antes de responder. Se había presentado en la comisaría a la hora señalada, vistiendo un sencillo traje de muselina gris y un sombrero del mismo color que, a su juicio, definía muy bien el carácter anodino de su propietaria. Ropa gris, ojos grises, voz gris. Nada en ella decía escritora, ni fama, ni inteligencia, y nada en ella explicaba de antemano porque llevaba desaparecida casi doce días.

— Mi marido ya le ha explicado la situación, agente. — La autora tenia la voz suave, y los ojos fijos en la mesa de roble que los separaba.

— Inspector. — la corrigió, por tercera vez desde que empezaran a hablar. — Ayer su marido la fue a recoger al Hotel Swan Hydro, ¿es cierto?

— Así es, ayer por la tarde. A eso de las cinco, lo sé porque estaba preparándome para la cena.

— Según dice el conserje, lo obligó usted a esperarla en recepción mientras se arreglaba.

— Un poco, sí. Acababa de empezar el baño, y claro. — Le ofreció una sonrisa apocada el tiempo justo para que él la viera. — ¿Se imagina el escándalo si hubiera salido en albornoz, agente?

— Inspector. — insistió. Para escándalo, pensó para si, el de las últimas semanas. — Según el recepcionista tardó usted casi dos horas en bajar.

— ¿Tanto? No lo recuerdo, el tiempo vuela cuando se baña una en un hotel. Con la espuma y los jabones con olor a lavanda.

El inspector se reclinó hacia atrás, y respiró hondo. La mujer hablaba lentamente, con ese deje que usan las esposas para decir que, pese a todo, saben más de cualquier tema que uno mismo.

— ¿Se tomó muchos de esos baños, señora Christie?

— A diario. — Pareció ruborizarse tras la confesión. — Una debe aprovechar los lujos que se ponen a su alcance. ¿No le parece?

— Entonces, no recuerda nada de las casi dos semanas que estuvo ausente, pero sí recuerda haberse bañado cada uno de esos días.

— Como le ha dicho mi marido, recuerdo las cosas cotidianas. Es como si hubiera despertado de un sueño. Sé dónde estaba, pero no que hacía allí.

— Pues mientras usted soñaba, señora Christie, la Corona desplegó más de mil policías para encontrarla. — Sacó un cigarro liado de la tabaquera y lo encendió antes de seguir hablando, tenía la impresión de que se estaban riendo de él. — Cientos de civiles han estado recorriendo la campiña inglesa con barro hasta las rodillas mientras usted tomaba las aguas con un gin en la mano.

— No tomo ginebra, agente. No me sienta bien.

— Inspector. — dio un golpe seco a la mesa, pero ella ni se inmutó. — ¿Sabía que yo mismo interrogué al señor Christie durante horas en esta comisaría?

La sonrisa afable mudó fugazmente, alzó la comisura de los labios y por un segundo el inspector vio a otra persona escondida debajo de la insulsa mujer inglesa que la prensa se había hartado de mostrar en las portadas.

— Si, hablamos de eso anoche también. Pobre Archie, tuvo que perderse un torneo de golf para venir a verle. Mi marido es un gran aficionado al golf, ¿sabe?

— Si, lo sé. — Aunque según los tabloides, a Archie Christie lo que le gustaba era jugar al golf con su secretaria. — Su marido pasó la noche en comisaría. Doce horas bajo sospecha.

— ¿De verdad, agente?

Alzó la mirada y volvió a verla. A Agatha Christie, la escritora, sonriendo como debía sonreír cuando desvelaba al lector el cómo y el porqué del crimen. Miró entonces los papeles apilados en la mesa. Entrevistas, artículos, informes y, entre fotografías del coche abandonado en una cuneta, los registros del lujoso hotel donde se había alojado los últimos días. En la segunda página, firmada con su letra pequeña y apretada, la señora Christie había reservado una suite bajo el nombre de Theresa Neele. La amante de su marido. Una confesión escrita que nunca podría llevar ante un juez. El crimen perfecto, sin muertos ni juicios, con el que la escritora había puesto la rúbrica final a su matrimonio.