La mar salada
relatos

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Bajo la cúpula

Año 132 tras el gran deshielo. Residencia 11. Centro de la bóveda.

«Uno de estos no es como los demás» pensó la madre, mientras observaba los bebés durmiendo en sus cunas. «Uno de estos es diferente».

Tres niños y tres niñas, de piel blanca como el armiño, de pelo oscuro, y ojos de aceituna. Seis hijos e hijas perfectos hasta el último detalle, como los había encargado. Como lo eran todos los niños debajo de la bóveda. Todos, excepto la niña que la observaba en silencio desde la séptima cuna. Había llegado junto a sus hermanos. Un error de reparto, había dicho la compañía, pero para entonces la madre ya había decidido quedársela.

Maraña, la llamaba el servicio, y ella no podía culparlos. El pelo de la niña, verde como las algas del océano que los rodeaba, parecía moverse por propia voluntad para enredarse sobre sí mismo tan pronto como dejaban de peinarlo. Tenía la piel cubierta de un musgo fino y blanquecino, como escamas, y los ojos, grandes y almendrados, eran una sola capa azul cobalto, sin pupilas. Su carilla de merluza miraba el mundo desafiante, y, quizás por eso, se detuvo a acariciarle la mejilla y se inclinó a oler el mar en su pelo.

Año 138 tras el gran deshielo. Central de mantenimiento. Pared Norte de la bóveda.

«Uno de estos no es como los demás». El oficial de ingeniería observaba con hastío al grupo de estudiantes que hacían su visita anual al centro de mantenimiento. Mientras los críos se movían detrás del tutor como rémoras pegadas a una manta raya, una niña rezagada se había quedado mirando el océano. Quieta junto a la valla de seguridad, escudriñaba las paredes invisibles que los separaban de las aguas profundas desde que el gran deshielo sepultara cualquier retazo de tierra habitable.

No eran paredes como tal, por supuesto. Unos generadores, situados en los cuatro extremos de la ciudad, sostenían el difícil equilibrio de presión y electricidad que creaba la tensión superficial necesaria para mantener el océano a raya. No era un sistema perfecto, una bajada de tensión, una fuerza que perturbara la corriente, o incluso un mal estornudo, podía romper la tensión. Seis años atrás, algo había embestido la pared este de la bóveda, y el agua había sepultado un barrio entero de la ciudad. Algo.
El recuerdo le dio un escalofrío, y por un momento le pareció ver sombras entre los tonos verdosos de las aguas oscuras. Incómodo, se acercó a la cría.

— ¡Oye! ¡Tienes que ir con tu grupo! — el oficial le dio la vuelta y soltó un respingo. Una melena corta y despeinada, de pelo verde y grueso, enmarcaba una cara grotesca cubierta de musgo. — ¿Qué coño eres?

La niña se lo miró unos segundos, con la nariz ligeramente arrugada, como quien observa un gusano en la comida. Después se giró en silencio, mirando el océano y las sombras danzantes más allá de las paredes.

Hoy. Residencia 11. Centro de la bóveda.

«Uno de estos era diferente.» piensa Maraña, de pie junto a las camas de sus hermanos. Hace mucho que no se queda dormida entre llantos, deseando ser como ellos, deseando huir de sus burlas «Maraña, mala saña». Hace mucho que, simplemente, no duerme.

Sale de la habitación y cierra la puerta con cuidado. La ha despertado un murmullo que va y viene, un compás suave y ondulante que la llama desde el recuerdo.

Camina descalza por las calzadas de suelos suaves que cubren la ciudad submarina hasta alcanzar el lado oeste de la bóveda. El agua está oscura, pero, entre las sombras, Maraña puede ver formas estiradas que se acercan al cristal. Figuras que flotan debajo del peso del océano y la esperan, cantando. Dándole la bienvenida, arropándola en la promesa del reencuentro. Nosotros, dicen. Una de nosotros si nos dejas entrar.