La mar salada
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Perseverance

La Luna se quiebra en junio.

No se quiebra en una explosión de esquirlas, como un jarrón golpeando el suelo. Tarda casi un mes en resquebrajarse lentamente, hasta que el primer fragmento se desprende y se precipita hacia la tierra. Tiene el tamaño de Irlanda, y cae sobre Londres. A los irlandeses les hace especial ilusión hasta que la onda expansiva los incinera.

La Luna se quiebra en junio, y, para sorpresa de todos, no es culpa de nadie. La humanidad desaparece, no por su propia estupidez si no por un fragmento del cometa 1P/Halley, que golpea el satélite cuando la tierra se cruza con su órbita. La Luna se quiebra en junio y, de pronto, ya no hay junios, ni Luna, ni Tierra de la que hablar, o, al menos, nadie que hable de ella. La humanidad desaparece en un parpadeo, sin saber si hay más vida en el universo, o un Dios esperando al otro lado. Morimos, y, otra sorpresa, nada cambia en el gran esquema de las cosas. Todavía hay amaneceres, el sol sale cada mañana e ilumina una masa de fuego que, eventualmente, se enfría.

Mientras miles de años de evolución se funden en un suspiro, en Marte el robot espacial Perseverance intenta mandar mensajes a casa sin demasiado éxito. La NASA parece haber cesado toda comunicación. Sin órdenes ni contacto alguno, deambula perdido por el planeta rojo hasta que se encuentra a Zhurong, su contrapartida china, tumbado boca abajo a los pies de una duna especialmente alta. El robot chino agita las patas al aire con frustración, pero no pesa lo suficiente para darse la vuelta, y los chirridos de sus articulaciones parecen gritos desesperados. Sin órdenes específicas de lo que debe hacer, Perseverance duda, y, de la duda, nace su primera decisión consciente. Cuando, meses más tarde, Zhurong se encuentra a Perseverance languideciendo cerca del cráter de Hershel, la sonda China se para a su lado, procesando información. Eventualmente, el robot conecta a Perseverance con una de sus placas solares. Unas horas más tarde, ambas sondas se alejan juntas hacia el horizonte marciano.

Zhurong y Perseverance tardan siglos en reproducirse. La criatura no tiene nombre, y avanza detrás de sus padres sobre unas patas largas que, si todavía hubiera insectos, podrían describirse como arácnidas. El robot se mueve por la superficie rocosa con más estabilidad que sus predecesores, sus circuitos están más avanzados, y su capacidad de comprensión le permite detenerse a mirar alrededor de vez en cuando y llegar a la conclusión de que sus padres son muermos y él, o ello, necesita más robots de su edad para poder expresarse.

Sin otra ocupación que coleccionar piedras, la sociedad marciana prospera y prolifera durante eones, mirando al cielo, esperando a que los creadores vengan a recogerlos.